Verso libre

 

«Triángulos»

Retiemblan, arremolinadas,
las hojas de mayo tras la ventana.
Cuánta miseria en las piedras
o en la materia andante
que entona su naufragio en las calles.

Los encajes caídos de las flores,
la angustia matutina de la memoria,
los pezones erectos de las muchachas,
la ausencia en los parques de los caracoles:

Todo en mis ojos se fragmenta.

Solo queda un tiempo verde,
como tu amor,
como un súbito silencio,
como una soga al cuello
que va apretando hasta la muerte.

Titilan las huellas en apuros,
nunca se acaban el sudor ni las bocinas,
ni el fino aroma de tu rostro
reflejado en la primera copa.

El sol se construye entre las nubes.

(De “Todas las noches, otros diluvios” – 2016) 

 

«Café bar»

Cada noche voy al café bar,
pero hoy me levanté con una sensación
de aguja en los oídos
o como si un golpe de mar me cortara la garganta.
Estaba muy cansado y la calle silenciosa,
que hacía encender el sonido de mis pasos
y la pérdida de la simetría de mi conciencia.
Entré y la vi sentada, su frente ancha, sus ojos serenos,
su pelo como una ruma de truenos o de reclamos de caricias.
En su mejilla izquierda se encontraba una cicatriz
puesta a su suerte como una nueva boca,
que contaba los minutos sin vacilaciones.
Una boca que es capaz de comer y de burlar enemigos,
que permite rasgar hombros, pechos, ombligos;
de bordes imperceptibles que se expanden como una llanura,
sin miedo a ser más grande que los labios con los que nacemos.
Entró él. Su mirada no estaba tan lejos de ella,
pero se sentía como un fondo marino
en el que se abraza a la oscuridad para poder sobrevivir.
Se sentó a su costado y pude ver,
mientras llamaba al mozo con un gesto definitivo,
que en su mejilla también se encontraba una cicatriz,
lista para expandirse hacia sus propios límites.
Aún no sé por qué ellos tenían las cicatrices
o por qué yo las tenía por todo el cuerpo.

(De “Todas las noches, otros diluvios” – 2016) 

 

«Piel»

El progreso envejece,
los sueños de la razón engendran monstruos,
renombre y estatus y el odio a la vida por odiar a la muerte,
olvidamos el amor y su mal necesario,
proyectamos en el otro nuestras ausencias,
nada nace de la nada y no retorna a la nada,
la intimidad de la conciencia.

(Inédito) 

 

«Vida de papel»

Otra vez la vida me ha tocado la puerta
como un susurro al oído: despacio.

Mis ojeras como la noche, entre tropiezos,
me han encontrado nuevamente solo.

Hace frío. Se van mi juventud y sus lamentos.
Con los huesos húmedos y los recuerdos,

doy vuelta a la caja y baila la sombra
de nuestra alma y su caída al olvido.

El diálogo anda sin rumbo por las calles.
Se agita, se desarrolla y halaba con soltura,

al vicio de la indiferencia humana:
Vivir es un espectáculo ruin, sin remedio.

(De “La historia con ellas” – 2013)

 

«Despedida»

Permíteme hablarte desde el silencio,
que los sonidos sean como las manos de la noche
o los panes tibios como entregaría una madre a sus hijos.
Permíteme ser el agua hasta el hastío,
el último aviso de sed antes del naufragio.
Permíteme ser el sustituto del reloj,
el último burdel que ofrece condiciones de pago.
Permíteme ser el árbol con su aliento verde
dispuesto a morir sin dignidad, pero de pie, frente a tu sino.
Permíteme ser materia de la palabra,
la pluma desnuda que ordeña el pensamiento.
Permíteme ser la cruz tras una audiencia sin reparo
las migas que vive la patria dándole vueltas.
Permíteme ser el pañuelo sujeto a tu cabello
la luz y las ansias de los días sin desasosiego.
Permíteme ser celeste y cometa, dulce y blanca
libertad que se suspende cuando me dices te quiero.
Permíteme ser un rugido perezoso
una coma seguida en cuerpo y en pretexto.
Permíteme despedirme de la memoria,
de las palabras, de estos ojos, de mi voz
deshilachada como latas de petróleo en girones.
Permíteme, descalzo de ti, un espacio para el consuelo.

(De “Todas las noches, otros diluvios” – 2016)

 

«Receta»

Ingredientes:

– Dos amantes
(sin complejo de mantis religiosa).
– El mar
(para resolver las conjeturas).
– Una porción de palabras
(hirviendo por diez minutos).
– Un sol en ocaso
(voluntario, reseco, súbito, pero vital).
– Cama ancha
(para el vértigo a la deriva de los amantes).
– Un trago
(para desatar nervios).

Preparación:

Los nervios hastían el momento,
sus fronteras son insospechadas y repugnantes.
Bebe un primer trago desatando sus nudos
mientras la marea vuelca hacia ella una brisa helada.
Ofrece una copa en ese momento.
Siente la levedad de la vida
sin caer en cavilaciones existenciales.
Ella copiará el color de la arena
para hacerte sentir su calidez o intención de burlarte.
La agitación de la arena, otra copa,
los dedos que se rozan sin percibir inseguridad.
En ese momento, aplica la porción de palabras:
acércate a su oído, grafica en él
su forma, su respiración, sus incendios,
sin mentir en tus intenciones.
Regresa a tu postura original
y repite el ejercicio tres veces.
Intercambien besos. Alisa despacio
y por detrás de la nuca sus cabellos.
No dudes de su entrega, respeta sus determinaciones
que durarán hasta el amanecer.
Llévala al cuarto, vayan armados
de carcajadas tontas, del sol en ocaso,
de la cercanía sin prisa, del crujido de las escaleras.
Abran la puerta, vean el mar a lo lejos:
Ahí están sus problemas, el trabajo, el dolor,
los sinsabores, la falta de dinero, el qué dirán.
Aseguren bien la puerta por precaución.
Caigan en la cama ancha con voz roja, palpitante,
acerquen sus labios entreabiertos y salivados.
Ella te morderá, sus dedos serán alfileres sobre tu espalda,
tú la verás resplandecer y crujiarán ustedes con las lámparas,
con la habitación, con la playa, con el mundo.
Repitan el amor hasta que la noche los adormezca.
Envuélvanse entonces con la sábana,
arrumen sus brazos y piernas hacia el otro
hasta volverse una misma criatura producto de la marea.

(Inédito)

 

«Clave de alfiler»

Veo tu nombre los viernes en un diario,
cafetera del tiempo que, cuando se enfría, pierde.
Te veo en la soledad tras el escudo,
contra el Irak repentino y la Siria trepidante.
Veo tu rostro entre una plana de periodistas,
en las crónicas que se convierten en basura nocturna.
Te veo hasta en la petaca que detiene tus pasos,
sobre la Guerra Fría que vagabundea amenazándote.
Veo tu humanidad en los poemarios de las librerías,
listos para los titulares que nadie leerá al día siguiente.
Te veo como un padre al alba, sin miedo,
que besa con entusiasmo secreto a su hijo, que florece.
Veo la serenidad en las llanuras de tus ojos,
y su infatigable lago quieto por la hidrografía.
Te veo con dolor mudo de viaje en viaje
y temor de salivazos por volar sin paracaídas.
Veo tu rostro en festivales poéticos de vitrinas,
las calles dentadas que huelen a orines como el Rímac.
Te veo conversando con reos, con los taxistas, con las muchachas
y no puedo olvidarte, aunque me incomode ser (y volver a ser) tú.


(De “Todas las noches, otros diluvios” – 2016)